Y el pueblo cantaba hasta que las últimas brasas se consumían...









Estas personas no tienen derecho a ir a casa de nadie. Si lo hacen, deberán ser quemadas, además nadie podrá recibirlas o consultarlas. Si lo hacen tendremos que deportarlas en una isla y vender toda su fortuna en subasta pública.
(El Martillo de las Brujas, Sprenger e Institoris, siglo XV)