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prólogo
La
caza de
brujas no es un detalle de la Historia.
Para
preservar la unión de una comunidad, el sistema de chivo
expiatorio está siempre en rigor.
Buscar
y
destruir un enemigo común permite resguardar el orden
establecido.
Miseria
e
ignorancia son el mantillo de esta política que se apoya
sobre
una población que consiente.
La
represión
de la brujería estalla en el Renacimiento, y contamina a
Europa entera.
Los
acusados,
mayoritariamente mujeres, son presuntos culpables de hacer perecer
humanidad.
La
desconfianza hacia ellas se propaga a través de manuales de
inquisidores, tal como El
Martillo de las Brujas,
manifiesto
antimujeres y best-seller de la época.
Antaño
plenamente integradas en la comunidad pueblerina, curanderas,
adivinas y paganas están tachadas de la herejía
más
grande: la brujería.
En
este
frenesí, un simple rencor basta para convertir una mujer en
“bruja”.
Precipitadas
en el engranaje de una justicia implacable, sumisas a la tortura,
sólo una confesión pondrá
término a su
suplicio...
Nos
interrogamos, entonces, sobre las motivaciones del verdugo.
Hay
algo de patético al detenerse las proclamaciones del estilo :
“¡Nunca más!” (...). Nos
negamos a aceptar la
humanidad del verdugo. Justicia internacional le sostiene en su
estatura de monstruo. Habría que tener el ánimo
de
decir otra cosa que : el enemigo es el otro. ¿Y si hubieran
hecho esto solamente por qué son humanos ?
(François
Bizot, etnólogo, Le Monde)
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